Achúcarro: «Toqué las Sonatas de Brahms más que Brahms»

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bilbao – Joaquín Achúcarro lleva más de 60 años interpretando a Brahms. «He pasado más horas con sus sonatas que él mismo», reconoce este músico de fama mundial, que hoy volverá a interpretar la obra del alemán en un concierto en el Auditorio Nacional, siempre sin bajar la guardia.

«Cuando hay una actividad muscular de tiempo fijo, hay que entrenar, como un futbolista; hay que estar en forma, porque con los imponderables nunca se sabe», advierte este incansable veterano de 88 años, para quien el La puntuación es como una autopista ya transitada: «Puedes conocer las paradas, pero no si un camión puede salir en una curva». Premio Nacional de Música y Académico de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el pianista interrumpe sus ensayos diarios -por lo general practicando entre cuatro y seis horas- para asistir Efe con motivo del 26º Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo, que se inaugura. Prudente, parafrasea a uno de sus ídolos, el ruso Sergey Rachmaninov, quien dijo «somos esclavos de la acústica». “No es lo mismo tocar en el Auditorio que en el Carneggie Hall, como afecta la reacción del público o incluso el momento del concierto”, apunta.

El ofrecido en Madrid comenzará a las 19.30 horas y contendrá dos piezas de Johannes Brahms (1833-1897) concebidas en dos momentos extremos de su existencia vital y creativa. Por un lado, el Sonata No. 3 de op. 5, que refleja el pensamiento de un compositor de 20 años dedicado a Schumann y «platónicamente enamorado» de su esposa Clara. “Es una sonata monstruosa, enorme, fantástica. En ese momento yo quería igualar a Beethoven y si podía ponérselo más difícil, mejor era”, dice Achúcarro, que ve en algunas de sus obras “un desafío para el intérprete «. «Sospecho que cuando escribió esta sonata, pensó: ‘Voy a hacer algo que Liszt no puede tocar'», dice sarcásticamente.

Ante este enérgico sentimiento, contrasta el recuerdo y madurez de la segunda parte, tras cinco Intermezzi, con la Rapsodia No. 2, op. 79, cuando ya sabía que padecía una enfermedad fatal, «y escribió piezas pequeñas, pero de gran profundidad, con mucha emoción contenida».

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