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Coronavirus en Navarra | Cuando saltaron los 99 años después de pasar el covid

Alicia … mira quien vino a verte! “Exclama la cuidadora a mi tía abuela al pasar por la puerta de acceso a la sala de visitas de la residencia. Desde su silla de ruedas, inclinada, levanta levemente la cabeza para comprobar que está esperando y pronuncia mi nombre sin vacilar:» La Sagrarito «.

En la última visita antes de tu cumpleaños quiero comprobar si recuerdas esa fecha: «Tía, ¿quién nació el 4 de enero?» No tarda en responder: «Yo». Luego vuelvo a preguntar: «¿Y sabes cuántos años tienes el lunes?» Ella responde: «Cien». Casi en el clavo: «99». Como es habitual desde hace meses, durante la media hora que comparto con ella apenas habla. Como pasó el coronavirus en la primera oleada, prefiere moverse continuamente con su silla, para ello le hago caminar por la habitación, adaptado a las medidas contra el covid: distancia de seguridad, mascarilla, medida de temperatura, hidrogel y guantes. Un árbol con oropel y un mensaje en letras rojas escrito en una pizarra, Felices vacaciones y feliz 2021, dale a la habitación un toque navideño.

Excepcionalmente, la dirección del centro te permite traer una tarta para tu cumpleaños. Mi madre -Sagrario Echarte- opta por bombones envueltos en torno al tema del covid, y yo también propongo dos polvorones que sirven de base para poner el par de nueves en forma de vela que soplará tía Alicia después de cantarle.

Han pasado diez meses complicados para todos los ciudadanos. Esta historia comenzó el 12 de marzo con mi tía abuela Alicia como protagonista y puede ser similar a muchas otras. Ese día la gerencia me informó vía telefónica que la residencia estaba cerrada.

Angustia de la familia El sábado 14 se proclama el estado de alarma y encarcelamiento. Una semana después el médico me informa que mi tía ha tenido fiebre leve y que está aislada. En ese momento, no tenían una prueba para ver si estaba infectado con el virus.

La residencia establece un protocolo mediante el cual los familiares son contactados diariamente para detallar el estado de salud de los residentes. Desde finales de marzo hasta finales de abril, cada llamada telefónica se convierte en una mala noticia porque empeora gradualmente.

El 13 de abril confirman que su tía padece coronavirus. Deja de comer durante 20 días y apenas bebe leche con bolsitas nutritivas, por mucho que le pongan raya, mientras se la lleva inquieta.

El 21 de abril tengo una entrevista con el médico que hubiera preferido evitar pero que era necesaria: en ella me explica cómo la familia puede saludarse antes de morir. “Recomendamos que vengan personas menores de 60 años, a quienes protegemos con EPP. Luego, no necesitan estar en cuarentena”, dice el médico.

Pero el 24 de abril, la situación da el giro esperado. «Alicia se comió media tortilla para cenar, un poco de pollo y un yogur», escucho en mi celular. A partir de ese momento comienza su regreso; y en mayo el PCR ya le estaba dando negativo.

Las visitas comienzan en junio Después de casi tres meses en un búnker, la residencia establece un régimen de visitas en base a las indicaciones del Departamento de Derechos Sociales. Viernes 5 de junio a las 11.00 horas la cita es fija, pero solo puede asistir una persona. Entro a la sala equipada con todos los trucos: mesas en fila con mamparas que separan a los residentes de los familiares.

Vestido con una máscara, me acerco a mi tía abuela, viuda de diez años, y su hijo que murió hace más de tres décadas. Me temo que no me conoce con la cara tapada, pero me sonríe: «Te extrañé. ¿Cómo está tu madre?» Hablo pero él apenas me escucha, porque entre la máscara y la pantalla su oído apenas puede distinguir.

Los empleados de la residencia me ayudan a transmitirles todas mis palabras. «¿Y por qué no puedes venir a donde estoy?» Al mismo tiempo, insiste en que mueva su silla de ruedas para tratar de sortear obstáculos para acercarse a donde estoy sentado. «Tía, por ahora tenemos que vernos así porque ha habido una gripe muy rara y hay que tener mucho cuidado», trato de explicar. Media hora después, me envía un beso con la mano derecha como último gesto de este primer encuentro.

PREGUNTE POR SAN FERMÍN … En julio ya cruzamos el patio y después de la semana de no Sanfermines comenté con ella que por la pandemia han sido suspendidos. En ese momento canta la Scala y luego el canto de los jóvenes ante los internos. El verano transcurrió con tranquilidad, hasta que el 2 de octubre el Gobierno de Navarra volvió a prohibir las visitas antes de la segunda oleada que atravesaba la Comunidad.

En esta nueva etapa, el centro establece como vía de contacto videollamadas, una por semana hasta que la Concejalía de Derechos Sociales reautorice las visitas a finales de noviembre. Desde entonces dos días a la semana durante media hora, los martes y viernes. Pero la residencia hace una excepción para el lunes 4 de enero y nos concede una reunión a las 12:30 en la sala habitual, pero esta vez solo para nosotros – un detalle. Encendemos las velas clavadas a polvorones en un plato de plástico y comenzamos a cantar feliz cumpleaños, al finalizar, soplar para apagarlas sin un deseo específico, y celebrar su día saboreando un chocolate. «¿Quieres otro?» Le pregunto, pero me indica con el dedo que no, ya que es hora de comer pronto.

Alicia Lugea Inda, la mujer de 99 años más longeva de Nagore, sigue doblando con esmero cada papel que cae en sus manos, como lo ha hecho toda su vida y después de trabajar en una fábrica textil. El último, la envoltura de chocolate. «No seas un farol, déjamelo a mí», me regaña unos minutos antes de que finalice la visita. «Tía, sabes que no podemos besarte debido a la pandemia. ¿Puedes darnos una sonrisa y un beso?» Y entonces nos despide.

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